Buenos días,

Seguro que al leer el título de este post os preguntáis: “Pero, si los antibióticos son sólo con receta médica, ¿cómo vamos a automedicarnos con ellos, Bea?”. Ayyyy…….pues sí, a pesar de que la dispensación de antibióticos es con receta médica, y que los farmacéuticos cuando acudís a la Farmacia siempre os la solicitamos, se dan muchos casos donde os automedicáis con ellos, ¿los motivos de cómo llegan esos antibióticos a vuestras manos sin receta médica? eso, mejor lo dejamos…….

En fin, la cosa es, que de una manera u otra, llega un día en el que os encontráis mal, y decidís sacar vuestro lado “médico-farmacéutico”, porque hablando con no se quién, os habéis “venido arriba” 😉 y habéis llegado a un diagnóstico y tratamiento “ideal” para esa afección que tenéis. Vamos, que entre el “doctor google”, la “vecina del quinto”, vuestro “amigo del alma al que ya le pasó eso”, y vuestros conocimientos básicos sobre farmacología y fisiología humana ;), os disponéis a llevar a cabo un tratamiento, que según vuestro criterio es “seguro y eficaz”.

Pues bien, quiero dejaros aquí constancia de algunos de los múltiples y complejos factores que se deben tener en cuenta antes de la elección de un antibiótico para una determinada afección. Y permitirme que lo diga, a no ser que estéis formados en materia, es díficil poder evaluarlos con unos conocimientos básicos sobre ello.

Antes de iniciar un tratamiento antibiótico es necesario asegurar la etiología de la fiebre (porque suele ser cuando tenéis fiebre, que decidís que es “necesario” tomar antibiótico). Este es el signo por excelencia por el que se os encienden las alarmas y en vuestra mente aparece la palabra ANTIBIÓTICO. Pero debéis saber, y siento deciros que ésta, no siempre es necesariamente un signo de infección, y aunque ésta exista, puede ser de una etiología que no se trate con antibióticos específicos (p.ej: las infecciones víricas). ¿y quién determina si es necesario o no, el uso de antibióticos?, pues quién va a ser, el MÉDICO, que una vez lo ha confirmado, comienza una investigación del microorganismo responsable por los datos clínicos, y siempre que sea posible, por estudios bacteriológicos. Es decir, el médico, en base a su experiencia, en ocasiones con los datos clínicos que obtiene de la exploración que os realiza puede determinar cuál es el adecuado, y en caso contrario, os hará realizaros un estudio bacteriológico para confirmar. Una vez identificado el germen y dado que puede ser sensible a varios antibióticos, se tendrá en cuenta que siempre debe primar el antibiótico que sea bactericida sobre otro que sea bacteriostático, y que se preferirán los de espectro reducido (siempre que sea posible). Además se tendrá en cuenta su toxicidad y el precio del mismo.

El siguiente paso y que constituye el factor más importante que se debe tener en cuenta porque condiciona el fármaco indicado, la dosis y vía de administración es reconocer cuál es el sitio de la infección. El objetivo es conseguir que la concentración del antibiótico en el sitio de la infección alcance como mínimo la CMI (concentración mínima inhibitoria, es decir, la cantidad mínima de antibiótico que es capaz de inhibir el crecimiento del germen en cuestión). Y esta concentración, a su vez, depende de varios factores como son la irrigación del tejido, la capacidad de difusión del fármaco en función de su liposolubilidad y su grado de ionización y la inactivación debida a la presencia de pus o fibrina. Creo que este hecho tan importante quizás se le escapa a vuestra vecina del quinto ;).

La edad, sí, por muy bien que nos conservemos, y lo guap@s que nos veamos, ésta influye de varias maneras sobre los tratamientos antibióticos. La edad, puede modificar las características farmacocinéticas del producto o puede hacer que varíe nuestra sensibilidad frente a determinadas acciones tóxicas del antibiótico. Os pongo el ejempo más claro, y es el de nuestra función renal, la cual, varía con la edad; ya que está disminuida en el prematuro y el recién nacido, se normaliza entre los 2 y los 12 meses, y vuelve a disminuir a medida que el organismo envejece.

Embarazo y lactancia: Aquí, en esta situación, es cierto que existe mayor grado de concienciación por vuestra parte, y cada vez se actúa con mayor precaución. Pero, para las más “aventureras” ;), debéis saber que todos los antimicrobianos en mayor o menor medida atraviesan la barrera placentaria, por lo que se debe tener en cuenta sobre su posible acción sobre le feto. Por otro lado, aunque todos los antimicrobianos pasan a la leche materna, la mayoría se encuentra en concentraciones inferiores a las del plasma materno. Por lo tanto, siempre deberá ser el médico quien decida qué antibiótico administrar y en qué dosis.

Función renal: El impacto que tiene la insuficiencia renal sobre la eliminación de los antibióticos, va a depender del grado en que éstos son excretados en forma activa por el riñón, sea por filtración, secreción o ambos mecanismos. Tener en cuenta la reserva funcional renal es clave para evitar intoxicaciones por antibióticos y poder ajustar la dosis al grado de insuficiencia renal que se padezca.

Función hepática: Aquí ocurre más de lo mismo, ya que se debe reducir la dosis de los antibióticos que se eliminan por metabolización en el hígado.

Otros factores a tener en cuenta y que pueden impedir la adecuada respuesta al tratamiento antibiótico son:

  1.  La existencia de pus o tejido necrosado, lo que hace que el antibiótico tenga más dificultad para alcanzar la concentración suficiente en el sitio de acción.
  2.  La existencia de procesos obstructivos (litiasis renal o biliar) que favorecen la estasis y el crecimiento bacteriano, dificultando también la lelgada del antibiótico al sitio de la infección.
  3.  Presencia de cuerpos extraños (catéteres, sondas…) que contribuyen a mantener la infección.
  4. Presencia de microorganismos anaerobios, que pueden reducir la actividad de algunos antibióticos. (ej: aminoglucósidos).

Por último y no por ello menos importante, está la profilaxis con antibióticos. Ojo aquí, porque muchas veces tenéis falsas creencias de que tomando antibióticos váis a prevenir ciertas patologías o dolencias, y ésto, además de no ser así en la mayoría de los casos, suele ser una práctica algo peligrosa en términos de salud pública. La profilaxis debéis dejarla en manos de profesionales médicos. Las profilaxis antibióticas se deben limitar a casos muy específicos en los que se pretenda prevenir la infección por un germen conocido y siempre utilizando un antibiótico de actividad contrastada.

Como habéis visto, el uso de los antibióticos de forma correcta, va mucho más allá. Es muy importante que la resistencia antibiótica no siga aumentando como lo está haciendo. Y todo ello pasa, por concienciarse de su uso, y entender que sólo los profesionales en la materia son los que pueden decidir sobre su adecuación.

Sin más me despido, recordándoos como siempre, que estoy a vuestra disposición para cualquier duda o aclaración.

 

Feliz día!

 

Beatriz

 

 

 

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